Una mirada necesaria del hambre en el norte de Salta

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  • Por: Alcira Figueroa para Revista Norte
Abordar desde el desconocimiento la problemática del hambre en el norte de Salta puede ser tan inútil como cruel fue ignorarla.

La conmoción nacional por la muerte de tres niños originarios en Salta hizo que de despliegue una cantidad de medidas de emergencia planteadas tanto por funcionarios nacionales como provinciales.

Sin embargo, desde un enfoque mas estructural y menos temporario o ‘emergentológico’, una mirada necesaria aporta Alcira Figueroa.

DEBO DECIRLES QUE EN SALTA HAY POBRES

Escribir con bronca, con impotencia, con dolor; presenciar la muerte evitable de un niñito cualquiera sea su procedencia y lugar de nacimiento, es siempre doloroso para una sociedad y debiera serlo para los que fueron elegidos por el pueblo para gobernar.

Poner límites, reglas de juego, recursos; porque, por más que la iglesia diga que pobres hubo siempre, que en la escuela se enseñe que los privilegios de unos y el despojo de otros es normal, que la sociedad infestada de mentira repita que son pobres porque son vagos y son vagos porque quieren; la realidad de las muertes, tres en un mes, en este caso en Salta, nos tiene que interpelar a todos.

Nunca voy a olvidar la muerte de la directora de la escuela de Trementinal que murió hace unos años por una muerte evitable, como el de tener agua potable y saneamiento ambiental alrededor de la escuela. Ni tampoco todo lo que construimos al posibilitar el acceso al agua en Algarrobito junto al Prohuerta y a la Universidad, nunca más diarrea, parásitos, hubo más arraigo, siembra de alimentos variados y cero desnutrición. Dos caras de una misma realidad pero en una la ausencia total del Estado y en la otra, instituciones del Estado y comunidad trabajando juntas.

No voy a negar que a nivel nacional desde el 2003 al 2015 se hicieron esfuerzos en la lucha contra el flagelo del hambre en Salta y hubo también mucha legislación ambiental, alimentaria, laboral, políticas específicas, aunque insuficientes con respecto a los pueblos originarios. Pero en Salta hace más de 40 años una clase oligárquica y pseudo oligárquica gobierna, y es muy poco lo que se ejecuta en favor de los más vulnerables.

Este fue un tema recurrente de reclamos y sugerencias, de cómo hacer para que esos cuantiosos recursos que eran destinados a la provincia realmente llegaran donde debían llegar. Siempre tuvimos la respuesta de que al ser un país federal cada provincia tenía autonomía, incluso de no rendir los fondos recibidos.

De todas maneras en estos últimos 4 años hasta diciembre se había armado desde el Estado una serie de medidas para invisibilizar esa terrible realidad del hambre en toda la provincia, especialmente donde vivimos los del norte.

Mientras la inequidad generadora del hambre se profundizaba con desmontes desmedidos para el azúcar, la soja, para la obtención de madera en los principales departamentos del norte -Oran, San Martín y Rivadavia-, seguían reproduciéndose los males: las aguas en la mayoría de los casos contaminadas sin ningún tipo de control, los despidos masivos, el cierre de algunos emprendimientos, la caída brutal del acceso al consumo especialmente de la leche y la carne, la disminución de recursos por parte del Estado para tareas sustanciales alimentarias como las semillas, el suspenso de inversiones en proyectos de agua e infraestructura básica en la zona rural donde se encuentran la mayoría de los pueblos originarios, todas quedaron suspendidas. Se colocaba no obstante un barniz para contener esa turma hambrienta.

Por ejemplo, hubo cerca de 300 despidos en el Tabacal desde la Seaboard Corporation, las luchas del sindicato y los trabajadores fueron apagadas con represión, cárcel y más despidos, avaladas por intendentes, concejales, diputados, gobierno provincial y nacional. Luego vinieron los planes para algunos de los despedidos y con 5.000 pesos la familia que tenía un trabajo registrado, obra social, aportes patronales y salario, debió arreglarse para vivir; por mencionar un espacio pequeño pero donde los efectos de la inequidad hizo estragos y sigue asolando a cientos de familias.

Imaginémonos lo que puede ocurrir en una comunidad donde desde diciembre ni ese barniz o contención estaba llegando. Con el cambio de autoridades en la provincia se suprimieron esos salvatajes agónicos. No más mercadería, no más cisternas con agua, no más controles en salud, suprimieron ministerios completos y áreas de gobierno que más tenían de nombre que de recursos, pero estaban ahí, al menos para hacer los reclamos. Y ocurrieron casos de muerte, y de no hacer nada, seguirán ocurriendo.

Una población que se alimenta en un 80% del monte y que de la noche a la mañana queda sin nada, a la intemperie, sostenido solo por esa ayuda que le llega del Estado. Ese mismo Estado que permitió que un tercero, muchas veces venido al lugar solo y exclusivamente por la avaricia y la ambición de más riqueza, decidió despojar a una comunidad completa de lo básico indispensable para sobrevivir. Ya no más algarroba, chañar, mistol, uvón, miel, mulita, quirquincho, chancho del monte, grasa de iguana, charata, iguana, pescado, ancoche, ni plantas medicinales; pero tampoco azúcar, fideo, yerba ni agua.

Ahora que están descubriendo que hay pobres y que hay muertos, es de esperar que se revierta este presente de muerte y hambre evitable solo con decisiones acertadas y comprometidas con la vida.

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