La guerra abierta entre una  parte  del feminismo, el más ilustrado,  con la ministra Montero a propósito de la llamada ley trans no es fácil de comprender para mucha gente. Esconde sutilezas sobre la naturaleza humana que la mayoría nunca habían pensado. Exige también el dominio de un neolenguaje que solo algunos conocen. Todo ser vivo dispone de una serie de características que le proporcionan una identidad (biológica) única. Esta identidad es imprescindible para su supervivencia y su conocimiento tiene hoy innumerables aplicaciones prácticas.  Pero el ser humano es de una gran complejidad  y el concepto de individuo biológico es insuficiente cuando,  como perteneciente a la especie humana,  le adjudicamos la categoría de persona.

De hecho cuando en un  ámbito  no familiarizado con la biología,  se habla de identidad,  por lo general la gente piensa en esa  otra identidad que, ante  uno o varios observadores, diferencia   a una persona  de todas las demás.  Porque lo sorprendente es que entre los 7.739 millones de personas, más o menos, que habitan  la Tierra, no hay ninguna idéntica a la otra. La RAE define la identidad   como el conjunto de rasgos o características de una persona o cosa que diferencia a un individuo o grupo de individuos, del resto. El concepto de persona es un concepto  que expresa la singularidad de cada individuo de la especie humana en contraposición al concepto de «naturaleza humana» que expresa lo supuestamente común que hay en ellos.  Todos los seres humanos, todas las personas,  tienen una identidad biológica y una identidad que va más allá de la biología aunque no sea totalmente independiente de esta.  Esta identidad está más cerca del concepto de mismidad,  pero no es igual.

Todos los seres humanos, todas las personas,  tienen una identidad biológica y una identidad que va más allá de la biología aunque no sea totalmente independiente de esta

Desde una perspectiva filosófica, la mismidad es aquello que no fluctúa en el proceso que va, por ejemplo, “de la semilla al árbol”.  En otras palabras, mientras la mismidad alude a la dimensión estructural del ser, a lo que perdura, su contrario la ipseidad tiene una dimensión más “histórica” al representar los cambios que se producen en la identidad con la experiencia,  algo que hoy la sociología identifica como capital de identidad. Se tiene una identidad “estructural” condicionada biológicamente que correspondería  a esa mismidad de la persona, de la que hablamos y   se tiene la posibilidad de ir construyendo y cambiando a lo largo del tiempo esa identidad personal,  que ahora llamaríamos ipseidad.

En la primera mitad del siglo XX a esta idea de mismidad  se la solía llamar “carácter” (Kretschmer). Sin embargo el mal uso del concepto y su esquematismo hizo que poco a poco el concepto de carácter aplicado a la identidad personal se dejara  de utilizar, para ser sustituido por el de “personalidad”. Aún así el término carácter como sinónimo de identidad se sigue utilizando en el lenguaje habitual. En todo caso no deja de ser curioso que ya los antiguos griegos tomaran prestado del teatro la palabra persona  identificándola con la de prosopon que era la máscara o careta que utilizaban los actores para que su imagen fuese reconocida desde las últimas filas  (y, probablemente, también para realzar su voz) y que carácter sea también un término que se utiliza en el teatro  (caracterización  es la acción del actor de transformarse en el personaje). Unas relaciones etimológicas del concepto de persona que nos hablan de la naturaleza artificial, “ficticia”, provisional, representacional,  que encierra toda definición de  persona.

Los humanos somos el resultado de un conjunto de identidades (“capital identitario”) que imbricadas entre sí, a veces de manera conflictiva definen su personalidad. La personalidad incluye las identidades pero es más que la suma de todas ellas. De entre todas las posibles la sexual es una de ellas.

Una identidad sexual que a lo largo del siglo XX y de la mano de la lucha feminista se ha ido complementando  por la de identidad de género. Porque para el movimiento feminista, género es todo aquello que tiene que ver con los comportamientos socialmente construidos en torno al sexo. Las personas tienen dos sexos, hombre o mujer y dos géneros,  masculino o femenino. Y era el género, no el sexo, el que adjudicaba a la mujer un papel secundario en el gran teatro del mundo.  El género era la consecuencia de una manera determinada, socialmente construida,   de entender  las relaciones entre los dos sexos. Y si el sexo no existe,  si el sexo es solo  una opción personal, entonces también lo son los estereotipos de género, desapareciendo así, de un plumazo,  todas las razones y todas las conquistas sobre la igualdad entre los hombres y las mujeres, basadas sobre todo en la existencia de dos sexos.

Es lo que el movimiento trans pretende con esa ley. Borrar el sexo de la identificación de las personas en el registro civil, que si acaso lo serían solo en función del género. Un género que ahora ya no representa  los estereotipos de sexo socialmente construido, pilar fundamental de la lucha por la liberación de la mujer, sino a la identidad misma ahora basada en el sentimiento y no en la biología. Si te sientes mujer (u hombre) y te comportas como se supone que debe comportarse una mujer o  un hombre, entonces tu sexo es mujer u hombre,  diga lo que diga la biología. Mientras que el movimiento feminista luchaba contra los estereotipos  masculinos o femeninos, socialmente construidos (en torno al modelo histórico del patriarcado) por el mero hecho de haber nacido hombre o mujer, el movimiento trans, dentro de lo que se ha llamado ideología de género,  intenta, precisamente,  llevar todos estos estereotipos hasta sus últimas consecuencias,  sustituyendo  el sexo por el género.

Siempre ha habido personas transexuales, que no se reconocían en el cuerpo en el que habían nacido, la mayoría  excluidas y marginadas hasta muy recientemente y que, aún hoy, están lejos de haber sido plenamente aceptadas.  El activismo transexual  nació, precisamente,  para defender el derecho de estas personas a ser reconocidas como tales y a ser ayudadas médica y socialmente. Gozó desde el principio del apoyo de otros movimientos históricamente consolidados como el feminismo o el movimiento gay, pronto unidos en un frente común, que ha llevado las siglas LGT a todos los lugares del planeta.

Lo sorprendente es que el  activismo trans que nació para defender a las personas transexuales,  en el momento actual parece mucho más interesado en conseguir cambios radicales en la concepción de la naturaleza humana que en la defensa de las personas transexuales,

Sorprendentemente y en muy poco tiempo el activismo trans ha sufrido una gran transformación. Por un lado ha conseguido un mayor protagonismo de manera que la voz dominante ya no es la del feminismo o la de los gays y lesbianas, sino “lo trans”, que  ha hecho suyo las llamadas teorías queer,  incluyendo bajo su paraguas a todo una miríada de variaciones identitarias, algunas, hasta no hace demasiado,  prácticamente ausentes o al menos invisibles en la sociedad, pasando así el movimiento a ser LGTBIq+, B de bisexuales, I, de intersexuales, q de queer y el signo + como receptor de todo lo que después pueda llegar. Terminando finalmente por incluir, también a las personas intersexuales (I), (personas con problemas en la diferenciación sexual por anomalías genéticas, la mayoría bien conocidas y algunas, no la mayoría,  fácilmente tratables, normalizando así su situación endocrino-metabólica ) que  nada tienen que ver ni con quienes tienen una orientación sexual distinta como los homosexuales ni con quienes tienen problemas con su identidad, como los transexuales ni mucho menos con todo el constructo queer.

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