• Por: Rita Caliva
Interpelar, despertar interés genuino o promover una reflexión crítica parece haberse convertido en una tarea cada vez más difícil en el contexto contemporáneo. No se trata únicamente de una transformación tecnológica, sino de una mutación profunda del capitalismo global hacia formas de organización que algunos autores describen como tecnofeudalismo: sistemas capaces de capturar no solo nuestro trabajo y nuestro consumo, sino también nuestra atención, nuestras emociones y nuestra percepción de la realidad.
La vieja pregunta filosófica por la verdad ha sido desplazada por una lógica algorítmica donde lo relevante ya no es aquello que es verdadero, sino aquello que resulta visible. La realidad deja de construirse mediante la experiencia compartida y el debate colectivo para ser mediada por arquitecturas digitales que jerarquizan información a partir de metadatos, patrones de comportamiento y objetivos comerciales. En este escenario, el pensamiento crítico, la duda y la contradicción dejan de ser herramientas de emancipación para convertirse en obstáculos para la eficiencia del sistema.
Desde una perspectiva neuroemocional, el fenómeno adquiere una dimensión aún más inquietante. Los circuitos cerebrales vinculados a la recompensa inmediata son estimulados de manera constante por plataformas diseñadas para maximizar el tiempo de permanencia. Cada notificación, cada desplazamiento de pantalla y cada interacción activa mecanismos de anticipación y gratificación que reducen progresivamente nuestra tolerancia a la incertidumbre, al esfuerzo reflexivo y a la complejidad.
Mientras la naturaleza se define por el cambio permanente, la cultura digital dominante ofrece una ilusión de estabilidad construida sobre imágenes congeladas, identidades editadas y narrativas simplificadas. Se nos invita a habitar una realidad paralela donde el éxito, la felicidad y el reconocimiento parecen siempre al alcance de un clic, aunque permanezcan sistemáticamente fuera de nuestro alcance real. La frustración que esto genera no constituye una falla del sistema: es parte de su funcionamiento.
Las consecuencias políticas de este proceso son profundas. Una ciudadanía emocionalmente agotada, fragmentada y atrapada en ciclos de ansiedad, comparación y consumo posee menos capacidad para organizarse colectivamente, cuestionar las estructuras de poder o imaginar alternativas. El miedo, la incertidumbre y la tristeza dejan de ser experiencias individuales para convertirse en condiciones sociales ampliamente distribuidas.
Tal vez la forma más sofisticada de dominación contemporánea no sea la censura ni la represión abierta, sino la administración de la atención y de los estados emocionales. Allí donde antes se disciplinaban cuerpos, hoy se modelan deseos; donde antes se controlaba la información, hoy se configuran las condiciones afectivas desde las cuales interpretamos el mundo.
La verdadera disputa política del presente no se libra únicamente por los recursos materiales o las instituciones, sino también por la capacidad de recuperar una experiencia de realidad que no esté completamente mediada por algoritmos diseñados para transformar nuestra vulnerabilidad emocional en rentabilidad económica.
