Fernando “Nano” Escudero tiene unos 6.500 contactos en WhatsApp. Una vez al mes, esa enorme agenda se transforma en una red de colaboración: una costurera que necesita una máquina, un artesano que busca herramientas, un emprendedor que quiere terminar su local o una familia que necesita atención médica. Él cuenta la historia y las respuestas comienzan a llegar.
Pero esa red no nació de un proyecto pensado desde el escritorio. Se fue construyendo durante años de recorridos por Salta y otras provincias, primero a caballo y después a través de Fundación Unir.
Escudero estudió Ingeniería Industrial en la UBA, aunque rápidamente descubrió que quería dedicarse a otra cosa. Junto con un socio comenzó a organizar cabalgatas, a pesar de que él mismo reconoce que al principio no sabía andar a caballo. El emprendimiento creció y durante 15 años realizaron expediciones por Salta, Córdoba, Mendoza, Neuquén, Santa Cruz, San Juan y Corrientes.
Los viajes le permitieron conocer lugares alejados de los circuitos turísticos tradicionales y, sobre todo, entrar en contacto con sus habitantes. En esos recorridos comenzó a preguntarse cómo hacer para que el turismo no terminara perjudicando a las comunidades.
Veía situaciones que no quería repetir, visitantes que llegaban a pueblos y rápidamente eran rodeados por chicos que pedían dinero. Un sociólogo le dio entonces un consejo que todavía recuerda, la ayuda debía canalizarse a través de instituciones y no entregarse directamente en la calle.
Poco después organizó una peña en Buenos Aires para los turistas que habían participado de sus travesías. Propuso un concurso de fotografías cuyo premio era una cabalgata. Para participar había que llevar una donación destinada a una pequeña escuela de la Puna.
La respuesta fue mucho mayor de la esperada. Llegaron numerosas donaciones y Escudero comprendió que había personas dispuestas a colaborar si encontraban una manera concreta de hacerlo.
Así comenzó a tomar forma Fundación Unir, cuyo nombre resume la idea central de su trabajo, conectar a quienes tienen recursos con quienes atraviesan una necesidad.
Cuando la ayuda dejó de ser solamente una donación
Al principio, Escudero aprovechaba sus viajes para llevar libros, útiles y regalos a escuelas rurales. Utilizaba sus contactos de WhatsApp para pedir donaciones, cargaba todo en su camioneta y lo trasladaba hasta los lugares donde hacía falta.
Pero una escena ocurrida durante un velorio en la Cuesta del Obispo cambió su perspectiva.
Había muerto un chico en un accidente cuando un joven se acercó y le pidió ayuda para realizar un curso de natación. Quería prepararse para ingresar a la escuela de Policía.
El pedido hizo que Escudero pensara en algo que hasta entonces no había visto con claridad, estaba llegando demasiado tarde.
Ayudaba a chicos de entre 5 y 12 años, pero no podía intervenir durante sus primeros años de vida ni antes de su nacimiento, cuando algunas situaciones como la desnutrición podían condicionar sus posibilidades futuras.
A partir de ese momento comenzó a acercarse más a las familias y a conocer sus necesidades. La idea dejó de ser simplemente entregar algo que faltaba y pasó a consistir en acompañar procesos.
Una máquina de coser puede servir para que una persona empiece a trabajar. Un herrero puede necesitar herramientas. Una joven puede requerir un curso para aprender un oficio. Una familia puede necesitar un tratamiento médico o asesoramiento de un abogado.
La ayuda busca ser puntual y funcionar como un punto de apoyo.
El modelo tiene distintas etapas. Primero se cubren las necesidades básicas para alcanzar un nivel de vida mínimo. Luego pueden llegar una máquina, herramientas o materia prima. Si el proyecto avanza, se incorporan nuevos recursos.
El objetivo final es que la persona pueda sostener su actividad y dejar de depender de terceros, incluso de la propia fundación.
“Vos podés”: la otra herramienta que considera fundamental
Para Escudero, no todo se resuelve con dinero o elementos materiales. Hay otra necesidad que considera central: recuperar la confianza.
Por eso las mentorías y el acompañamiento individual forman parte de la propuesta. También utilizan microcréditos a tasa cero para que emprendedores puedan incorporar capital de trabajo o mejorar el equipamiento de sus talleres.
Una historia que recuerda especialmente es la de un lustrabotas de la ciudad de Salta.
Un día, mientras colaboraba con la descarga de donaciones, Escudero le preguntó qué quería para él. La respuesta fue estudiar para convertirse en electricista.
El curso fue el primer paso. Después llegaron las herramientas y, una vez que terminó su formación, una máquina de soldar. Como no sabía utilizarla, también realizó un curso.
Con el tiempo consiguió trabajo en la minería y construyó un taller de herrería en su casa. Actualmente trabaja con una máquina de grandes dimensiones y mantiene ese espacio de trabajo.
No todas las historias terminan bien. Escudero recuerda también a una familia que recibió una máquina para iniciar un proyecto, pero terminó vendiéndola por apenas 200 pesos.
La experiencia reforzó una de sus principales convicciones: entregar un recurso no alcanza. Hace falta acompañamiento.
Una red de 6.500 personas
Una vez al mes, Escudero utiliza su lista de unos 6.500 contactos para presentar una historia concreta.
Los pedidos pueden ser muy diferentes: una máquina para una costurera, herramientas para un artesano, recursos para terminar un pequeño local, asistencia médica para una familia.
Las respuestas económicas suelen aparecer rápidamente. Lo más difícil, dice, es conseguir tiempo.
“Yo te pongo guita, pero no te pongo tiempo”, es una de las respuestas que recibe con frecuencia. Sin embargo, muchas de las personas que acompaña necesitan algo más que una transferencia: necesitan un tutor que esté presente y siga el proceso.
Su mecanismo es sencillo. Envía un mensaje, explica la situación y posteriormente comparte con la red cómo terminó la historia.
Escudero sueña con que este modelo pueda replicarse en otros lugares. Incluso habla de “franquiciar” la experiencia de Fundación Unir.
La propuesta, según explica, no requiere grandes estructuras. Puede comenzar con un teléfono, un grupo de contactos, una historia y personas dispuestas a comprometerse.
Una enseñanza familiar
El compromiso con la ayuda también está relacionado con su historia familiar.
Su padre quedó huérfano cuando era niño junto con sus hermanos. En aquella época, unos tíos les quitaron el campo y distintas personas colaboraron con ellos.
Por eso, su padre repetía una frase que quedó grabada en la familia: “Hay que ayudar”.
Escudero asegura que ese mensaje terminó convirtiéndose en una parte fundamental de su vida. Después de tantos años dedicado a esta tarea, afirma que no podría dejar de hacerlo.
Entre las historias que más recuerda está la que denomina “el milagro de Isonza”.
Una mañana de domingo recibió un llamado desde un número extranjero. Del otro lado había un hombre con tonada cordobesa que quería ayudar a una niña que había visto en una fotografía. Su intención era que pudiera llegar a la universidad.
Al principio, Escudero no sabía de qué imagen hablaba. Finalmente descubrió que era una foto de una alumna de una escuela de Isonza, vestida para el acto del 25 de Mayo.
El hombre había soñado con su hijo fallecido. Según contó, en el sueño el joven le pidió que ayudara a la primera persona que apareciera en Facebook.
Cuando abrió la aplicación, encontró la fotografía de la niña.
Había un detalle que hacía todavía más particular la historia: la imagen llevaba más de un año publicada.
El hombre realizó una transferencia de un monto elevado que permitió construir la casa de la niña, resolver necesidades básicas y generar condiciones para que ella y su familia pudieran proyectar su educación y su futuro.
Para Escudero, aquel caso es uno de los tantos ejemplos de cómo una conexión aparentemente casual puede terminar generando una oportunidad.
La idea también explica el nombre de la fundación. “Unir” significa, para él, conectar recursos con necesidades.
Y esa necesidad no siempre está del lado de quien tiene menos dinero. También puede estar en quien posee recursos y busca una manera de compartirlos.
Después de años de recorridos, cabalgatas y encuentros, Escudero sostiene una idea que atraviesa su trabajo: ayudar no consiste solamente en entregar algo, sino en construir un vínculo y acompañar a una persona hasta que pueda continuar por sus propios medios.
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