• Por : Rita Caliva
¿Cuánto vamos a esperar? ¿Hasta dónde se puede callar y seguir mirando las pequeñas y grandes pantallas con estadísticas vacías de sentimientos?
Cuando hablamos de personas, las estadísticas están de más. No representan el sentir necesario para ser útiles a la sociedad y solo sirven para hablar superficialmente.
Hablamos de dolor, ese que todos sabemos cómo es. Porque alguna vez también te rompiste en mil pedazos sin encontrar la salida. Y aunque muchas veces la salida nos encuentra, no es lo que pasa siempre. El colapso a veces nos atrapa en la oscuridad y nos hace sentir que ya no hay salida.
Te invito a entrar en esa oscuridad que avergüenza tanto como para huir despavoridos. Pero, por favor, no te vayas. Quedate un poquito más. Animate a sentir el dolor de no entender para qué estás acá.
Recordá ese momento en el que te venció la vida y su violencia desprovista de exclusividad.
¿Te acordás de ese día que no le contaste a nadie? ¿O de ese día en que todos se asustaron de ver vulnerabilidad y corrieron a cubrir, tapar, callar? ¿Por qué hacemos eso de olvidar?
En el silencio de rostros iluminados en la madrugada se esconde la oportunidad. Se dice mucho, pero mucho, que aturde. Pero también aturde el silencio apático.
Cuando podemos vernos perdidos en las pantallas, sin rumbo ni objetivo, más que escapar al contacto inevitable que genera el silencio de la noche y la soledad, con nuestras sutilezas, esas que nacen de no entender nuestra propia existencia y que preferimos apagar.
¿Cómo llegamos a negar nuestra propia humanidad, frágil, indescifrable y hermosa?
Escondemos una naturaleza amorosa que se ve eclipsada por el miedo. Empezamos a construir barreras y sesgos culturales, como la familia, los hijos, los propios, asignando valoraciones y niveles de importancia a las personas según la cercanía sanguínea. Desconociendo así la importancia de cualquier otra persona según la relación o cercanía del vínculo social.
Y así nos alejamos y abandonamos a las personas que sufren por fuera de la esfera “familiar o cercana”.
Te invito a salir de vos, de pensar en esa persona conocida o quizás familiar que ya no está. Porque “decidió” abandonar este plano donde no encontró consuelo a su dolor. En ese mismo lugar, alguna vez sentimos igual: el frío del vacío y la soledad, una vez más.
Entre problemas sin salida, el desamor se apoderó de la sociedad.
Ya se olvidaron del término “nueva normalidad”. Lo usamos para decir que está mal amar sin más.
Cuando aprendimos que sin dinero no vamos a zafar, ahora, en esta pandemia virtual, está mal amar.
Cuando el amor implica al cuerpo como principal centro del sentir humano, ¿qué hacemos cuando dejamos de tocar, abrazar y mirar?
Durante la pandemia aprendimos a tener miedo de tocar al otro. A abrazar. A acercarnos.
Porque podíamos contagiarnos. Porque podíamos morir.
Ahora tenemos las pantallas. Nos acercan, pero también generan un velo con el sentir primordial humano.
Podemos vernos. Podemos hablar. Podemos escribirnos.
Pero no podemos abrazarnos a través de una pantalla.
El dolor también implica al cuerpo con la misma intensidad que el amor.
¿Los cuerpos están de más? ¿Para qué sirven, si no es para sentir y cargar el trabajo que la máquina va a reemplazar sin quejas? Sin días malos. Sin días de sobrepensar si está bien vivir para cobrar unos billetitos que nunca van a alcanzar. ¿Qué es, entonces, lo que está mal? A mí me parece que seguir mirando la pantalla nos va a matar lenta y silenciosamente.
Corriendo detrás del futuro, el presente nos vamos a saltar y, así como canguros en el abismo, nos encontramos una vez más. Cayendo en picada, nos vamos a estrellar con otra noticia. La muerte nos va a contar sobre la vida que no supimos cuidar. Te invito a hablar. A no callarte NUNCA MÁS.
QUE ESTE MES 🎗️NOS ENCUENTRE TRABAJANDO Y HABLANDO DE LO IMPORTANTE!!!
