
• Por: Profesor León Chancalay
Hoy nos golpeó la noticia de la partida de la tía Edith. Para mi hijo fue un verdadero shock: el primer impacto con la muerte de un ser querido, la primera pérdida de alguien a quien estuvo profundamente unido.
Fui a buscarlo a su habitación y me encontré con su sonrisa apagada. Las lágrimas caían sin consuelo mientras él mantenía los ojos apretados, como si cerrar los párpados fuera una forma de defenderse de la realidad, rehusándose a aceptar la dureza del momento. El dolor de perder a alguien es el precio que pagamos por haber tenido el privilegio de amarlo”.
Tras un esfuerzo por contenerlo, logré convencerlo de acompañarme al velatorio.
Ya en la ruta, el silencio dio paso a las preguntas inevitables: ¿por qué debemos atravesar este dolor?, ¿qué sentido tiene la muerte?
¿Es la muerte el final definitivo o la transformación hacia un nuevo estado del ser? En el fondo, preguntarse por la muerte es preguntarse por la vida misma. Aunque leamos sobre las biografías de quienes nos precedieron, la nuestra siempre será una vivencia singular e irrepetible: única.
Le dije que, tal vez, sin la sombra de la muerte no sabríamos apreciar la luz de estar vivos. Y aun así, conociendo nuestra finitud, ¡cuántas veces olvidamos darle valor a cada día!
Como señala esa máxima filosófica: la vida y la muerte jamás habitan el mismo instante; donde hay vida, la muerte no existe, y cuando la muerte llega, la vida ya ha partido.
La existencia acaba pareciéndose a un laberinto: comprendemos el punto de partida, es una constante de disyuntivas, pero ignoramos el camino y la salida. Sin embargo, en el tejido del recuerdo, quienes se van no desaparecen del todo; se vuelven parte de la luz con la que aprendemos a mirar el mundo que nos queda.
La muerte, al final, seguirá siendo el más indescifrable de los misterios, pero el amor guardado en la memoria siempre será la respuesta más serena.
📌 Publicado por Diario InfoSalta




