
- Por: Rita Caliva
En un mundo donde las pantallas dominan nuestra atención, la desconexión del presente se convierte en un fenómeno alarmante, tanto a nivel individual como colectivo. Las grandes corporaciones han aprendido a monetizar nuestra distracción, transformando el tiempo que pasamos frente a las pantallas en un recurso valioso que se intercambia por clicks, interacciones y, en última instancia, nuestros datos personales.
La inmediatez que nos ofrecen estas plataformas, lejos de acercarnos a la realidad, nos aleja de ella, diluyendo la esencia de nuestras experiencias y emociones.
La consecuencia de esta dinámica es clara: nos encontramos atrapados en un ciclo que prioriza el entretenimiento instantáneo por encima de la profundidad de la conexión humana y el compromiso consciente en nuestro entorno. Nuestra capacidad de atención es constantemente asediada, y, en lugar de fomentar la reflexión y el autoconocimiento, se impone la necesidad de una gratificación inmediata que nos deja vacíos y desconectados.
Entonces, surge la pregunta: ¿qué podemos hacer para contrarrestar los efectos de esta inmediatez sin realidad consciente? La respuesta radica en la práctica de la atención plena y la meditación, estrategias que nos permiten reanudar el contacto con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea. Cultivar una conciencia plena no solo es fundamental para nuestro bienestar personal, sino también para nuestro compromiso cívico y social. Recuperar la atención es un acto de resistencia contra la comercialización de nuestro tiempo y nuestra vida.
La meditación y la práctica de la atención plena nos ofrecen un camino hacia la introspección, ayudándonos a observar nuestras reacciones emocionales, a gestionar el miedo al rechazo y a aprender a abrazar un “no” como parte del viaje. En una sociedad donde la vulnerabilidad está a menudo estigmatizada, permitirnos sentir y actuar en consecuencia se convierte en una herramienta de transformación profunda. Cuando valoramos el presente, podemos empezar a forjar conexiones genuinas, tanto en nuestras relaciones personales como en nuestras comunidades.
Adicionalmente, como ciudadanos conscientes, al cultivar este estado de presencia, también estamos en una mejor posición para cuestionar las narrativas que dominan los discursos públicos y mediáticos. La atención plena nos recuerda que la realidad se experimenta en cada momento, no en la manicura digital que nos ofrecen los medios. Al desarrollar una relación más saludable con las tecnologías que consumimos, podemos abrir espacios para discusiones críticas sobre el poder de las corporaciones y su influencia en nuestras vidas.
Por lo tanto, no se trata solamente de un viaje individual hacia la autoexploración, sino también de un compromiso colectivo para reclamar nuestra atención y tiempo. La revolución de la conciencia plena es, en última instancia, un acto político. Al estar presentes, no solo aprendemos a vivir con mayor autenticidad, sino que también desafíamos la estructura de una sociedad que se beneficia de nuestra distracción.
Así, cada vez que elegimos la meditación sobre el scroll infinito, cada vez que nos permitimos estar plenamente aquí en el presente, estamos desafiando un sistema que nos quiere anestesiados. Este acto simple pero poderoso puede cambiar la forma en que nos relacionamos entre nosotros y con el mundo. Al final, es en el presente donde reside la verdadera realidad—auténtica, viva y llena de posibilidades.



