Género

Nacho Levy, el “aliade”: cuando el machismo tiene carnet de militancia

• Por: Teresita Frias

Hay algo que vuelve a repetirse cada vez que una denuncia por violencia de género salpica a un dirigente, un referente social o alguien con poder. Las primeras reacciones rara vez apuntan a escuchar. Lo que aparece, casi por reflejo, es el intento de proteger al propio.

Lo estamos viendo otra vez con las denuncias públicas que involucran a Nacho Levy, referente de La Poderosa. Y, una vez más, queda en evidencia que el machismo no tiene bandera política. No distingue partidos, organizaciones ni movimientos sociales. Está donde haya relaciones de poder y donde existan tótems, figuras intocables a las que nadie se anima a cuestionar porque representan una causa, un proyecto o un liderazgo que algunos creen que debe preservarse a cualquier costo.

El machismo existe, está en todas partes y no entiende de partidos políticos, asociaciones u organizaciones. Lo peligroso es cuando se disfraza de militancia, de compromiso social o de discurso progresista. Porque entonces deja de ser solo la violencia ejercida por una persona y pasa a convertirse en un sistema de protección construido alrededor de quien ocupa ese pedestal.

No queremos más silencio cómplice. Porque una cosa es el silencio de quienes sufren de manera directa la violencia, porque poner en palabras un abuso nunca es sencillo. Pero otra muy distinta es el silencio de los “compañeros”, de quienes ya sabían, sospechaban o escuchaban relatos desde hacía tiempo y decidieron mirar para otro lado para no afectar al tótem de su organización.

Basta de silencios cómplices que lastiman, encubren, permiten que el abuso continúe y, muchas veces, terminan costando vidas. La verdadera coherencia de los espacios políticos, las organizaciones sociales y las instituciones no se demuestra señalando al adversario. Se demuestra siendo capaces de revisar lo que ocurre puertas adentro, aunque el denunciado sea uno de los propios.

También basta de la hipocresía de cierta parte del periodismo que encuentra más sencillo cuestionar a las feministas que poner bajo la lupa al hombre denunciado. Resulta más cómodo discutir las formas de quienes reclaman que hacer las preguntas incómodas a quienes concentran poder.

Hace años escribo sobre estas contradicciones. Hace años expongo discursos que hablan de igualdad hacia afuera mientras, puertas adentro, toleran prácticas que jamás aceptarían si ocurrieran en el espacio político de enfrente. Obviamente, no fue gratis.

Cada vez que publiqué investigaciones o señalé esas incoherencias aparecieron las operaciones. Intentaron desacreditar mi trabajo, cuestionar mis intenciones, atacar a mi familia y correr el foco de lo verdaderamente importante. En lugar de discutir el problema, eligieron atacar a quien lo ponía sobre la mesa. No fui la única. Es una metodología conocida: cuando una mujer incomoda, primero intentan deslegitimarla.

Por eso este momento merece una reflexión que vaya mucho más allá de un nombre propio.

Como La Poderosa, todas las organizaciones tienen hoy una oportunidad para demostrar si el feminismo que levantan en las marchas, en los actos y en las redes sociales también existe cuando el denunciado es un compañero al que durante años nadie se animó a cuestionar. Porque es muy fácil exigir explicaciones cuando el acusado pertenece al otro espacio. La verdadera prueba llega cuando la denuncia golpea la puerta de la propia casa.

Lo que resulta inadmisible es el silencio de quienes sabían, sospechaban o escucharon relatos durante años y decidieron no hacer nada. Ese silencio también tiene consecuencias.

Las víctimas cargan con miedo, vergüenza y culpa antes de hablar. Quienes las rodean no deberían agregarles la carga de la indiferencia.

Con el testimonio de la Licenciada Ce comenzaron a aparecer otras voces. Quizá todavía falten muchas más. Siempre pasa lo mismo. La primera persona que rompe el silencio abre una puerta que otras no habían podido atravesar.

Ojalá esta vez la discusión no termine reducida a defender o atacar a una figura pública. El verdadero debate es otro; por qué todavía existen organizaciones que reaccionan con rapidez cuando el acusado es un adversario, pero se vuelven cautelosas cuando la denuncia alcanza a uno de los suyos.

Si de verdad creemos que la violencia de género debe combatirse, entonces no puede haber excepciones, amistades ni conveniencias políticas. No puede haber dirigentes intocables ni causas tan nobles que justifiquen proteger a estos personajes por encima de la palabra de quienes denuncian. Porque el machismo nunca pidió carnet de militancia para existir y combatirlo tampoco debería exigirlo.

📌 Publicado por Diario InfoSalta

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