
• Por: Rita Caliva
La existencia humana, o experiencia de la vida, es compleja e indescifrable aún para nosotros mismos. Sin embargo, nuestro principal interés no parece estar relacionado con esa verdad primordial. Al parecer, lo que nos desvela es la trascendencia a toda costa, incluso cuando esa búsqueda puede llevarnos hasta la posibilidad de autoextinguir la raza en el intento de ser el “mejor” o el “primero”.
Pero ¿cómo nos perdimos en la desconexión y desinformación de nosotros como especie?
No entendemos el origen, pero creemos saber la evolución de la especie. Una vez más, parece que buscamos respuestas desde afuera, impulsados por esa búsqueda desvelada de trascendencia.
Culturalmente, nuestra atención está fuera de nosotros.
Y quizás esto no sea un detalle menor. La atención es uno de los recursos fundamentales de nuestra experiencia. Aquello a lo que prestamos atención comienza a ocupar espacio en nuestra percepción, en nuestros pensamientos y, finalmente, en nuestra manera de relacionarnos con el mundo. Durante siglos aprendimos a dirigir nuestra atención hacia afuera.
Poner nuestra atención afuera nos llevó a una gran comprensión sobre el mundo material y su manipulación. Aprendimos a observar, medir, clasificar, transformar y controlar aquello que nos rodea.
Construimos herramientas, máquinas, ciudades y sistemas cada vez más complejos. Descubrimos maneras extraordinarias de intervenir sobre la materia.
Pero mientras profundizábamos en el mundo exterior, quizás fuimos perdiendo la capacidad de indagar en aquello que nos constituye.
Porque también somos un misterio para nosotros mismos.
El cerebro que intenta comprenderse
Indagando en las profundidades humanas podemos entender la compleja y misteriosa naturaleza del cerebro.
Y de esa comprensión surge uno de los mayores ejemplos de nuestra capacidad para reproducir aquello que intentamos comprender: la computadora y, hoy, la inteligencia artificial.
Creamos sistemas capaces de procesar información, reconocer patrones, aprender y producir respuestas.
Es una expresión extraordinaria de nuestra capacidad humana. Pero existe una diferencia que quizás todavía no comprendemos completamente:
procesar información no es lo mismo que sentir.
Podemos reproducir determinadas funciones, pero todavía seguimos intentando comprender aquello que significa experimentar la vida desde un cuerpo humano.
El miedo.
El dolor.
El deseo.
La pérdida.
El amor.
La necesidad de contacto.
La necesidad de pertenecer.
La necesidad de ser vistos.
Quizás allí se encuentre una de nuestras mayores contradicciones.
Estamos desarrollando tecnologías para ampliar nuestras capacidades mientras seguimos sin comprender plenamente las condiciones emocionales que hacen posible nuestra existencia.
Queremos actualizar al ser humano.
Pero ¿qué parte de nosotros estamos intentando actualizar?
El poder también administra la atención
Podemos observar, en una línea de tiempo, cómo el control de bienes y riquezas materiales implicó violencias, engaños, entretenimiento y muchas otras formas para lograr el sometimiento de unos por sobre otros. El conocimiento y la capacidad de transformar el mundo no estuvieron separados de las relaciones de poder. La historia humana parece mostrar, una y otra vez, esa tensión entre quienes poseen, quienes controlan y quienes quedan sometidos.
Hoy el poder no se encuentra solamente en aquello que alguien posee. También puede encontrarse en aquello que logra dirigir nuestra atención.
Qué miramos.
Qué tememos.
Qué deseamos.
Qué consideramos importante.
Qué dejamos de mirar.
La política de nuestro tiempo no ocurre únicamente en los parlamentos, en las elecciones o en las instituciones.
También ocurre dentro de nuestra experiencia cotidiana.
En nuestros dispositivos.
En nuestras pantallas.
En los sistemas que seleccionan aquello que aparece frente a nuestros ojos.
En la economía de la atención. En la capacidad de convertir emociones humanas en datos, predicciones y comportamientos previsibles.
Y aquí aparece una pregunta profundamente política:
¿Quién decide aquello que merece nuestra atención?
Los modelos que prometen salvarnos
Sionismo. Nazismo. Transhumanismo.
Nombrarlos en una misma línea no pretende borrar sus diferencias históricas, ideológicas o culturales, ni establecer una equivalencia entre ellos.
Son fenómenos profundamente diferentes.
Pero pueden ayudarnos a formular una pregunta común acerca de nuestra relación con el poder, la identidad, la seguridad, la tecnología y la idea de evolución:
¿Qué sucede cuando un modelo que promete proteger, ordenar, salvar o mejorar la existencia comienza a colocar una idea por encima de la persona concreta?
Las sociedades humanas han construido modelos que prometían respuestas frente al miedo, la inseguridad, el sufrimiento o la incertidumbre.
Algunos terminaron produciendo formas extremas de violencia.
El problema quizás no esté solamente en la existencia de una idea. El problema aparece cuando una idea deja de estar al servicio de la vida y la vida comienza a estar al servicio de la idea.
Cuando el ser humano se convierte en un medio para alcanzar un proyecto superior.
Cuando la identidad se vuelve una frontera.
Cuando la seguridad se transforma en justificación.
Cuando el progreso deja de preguntarse quién queda afuera.
Cuando la tecnología deja de ser una herramienta y comienza a convertirse en el criterio con el cual decidimos qué vida merece ser vivida.
Capitalismo, tecnofeudalismo y la nueva promesa
Hablar de evolución en manos del capitalismo o del tecnofeudalismo es pensar en sistemas capaces de organizar, condicionar y anticipar nuestras formas de vida.
No necesariamente necesitamos imaginar una conspiración para reconocer que el poder puede concentrarse.
Basta observar quién posee los recursos, quién controla las infraestructuras, quién administra los datos, quién desarrolla las tecnologías y quién tiene capacidad para decidir hacia dónde se dirige una sociedad.
La pregunta política vuelve a aparecer:
¿Quién está construyendo el futuro y para quién?
Porque quizás el mayor riesgo no sea que las máquinas se vuelvan demasiado inteligentes.
Quizás el riesgo sea que los seres humanos dejemos de preguntarnos qué queremos hacer con nuestra inteligencia.
¿Seremos contemporáneos a la autoextinción?
La emoción como territorio político
Durante mucho tiempo consideramos las emociones como algo privado.
Algo que pertenecía a cada individuo.
Pero si nuestras emociones pueden ser influenciadas, estimuladas, utilizadas para vender, convencer, dividir o gobernar, entonces también son un territorio político.
El miedo puede separar.
La ira puede movilizar.
La soledad puede ser comercializada.
La necesidad de reconocimiento puede transformarse en consumo.
La necesidad de pertenecer puede convertirse en obediencia.
Y la atención puede convertirse en mercancía.
Por eso recuperar nuestra capacidad de sentir no es solamente un gesto íntimo.
También puede ser un acto político.
Sentir implica recuperar la capacidad de registrar lo que nos pasa antes de que otro sistema nos diga qué deberíamos sentir.
El cuerpo como último territorio
Podemos estar permanentemente conectados y, sin embargo, profundamente desconectados.
Podemos comunicarnos a través de una pantalla, observarnos, escucharnos e incluso creer que estamos cerca.
Pero hay algo que permanece fuera de esa experiencia:
el cuerpo.
El cuerpo no es simplemente el soporte de nuestra mente.
Es el territorio donde la experiencia humana ocurre.
Amamos con el cuerpo.
Sufrimos con el cuerpo.
Nos emocionamos con el cuerpo.
Nos acercamos.
Nos alejamos.
Abrazamos.
Acariciamos.
Respiramos.
Temblamos.
Lloramos.
Y también necesitamos ser sostenidos.
La pantalla puede transmitir una imagen.
Puede transmitir una voz.
Puede transmitir palabras.
Pero no puede reemplazar completamente la experiencia de estar físicamente presentes frente a otro ser humano.
La vida no sucede en una pantalla.
Volver a sentir
Nuestra resistencia está en abandonar la violencia como respuesta y abrazar la presencia, la atención y la suavidad —tan subestimadas— de unos con otros.
Y, paradójicamente, esas mismas capacidades pueden ser utilizadas en nuestra contra cuando son reemplazadas por una experiencia mediada únicamente por la pantalla.
Pero es una ilusión.
Porque podemos actualizar nuestras máquinas infinitamente y continuar sin saber qué hacer con nuestro dolor.
Podemos aumentar nuestra velocidad y perder nuestra capacidad de detenernos.
Podemos multiplicar nuestras conexiones y olvidar cómo encontrarnos.
Podemos producir más información que nunca y, al mismo tiempo, comprender cada vez menos aquello que nos sucede.
Quizás el problema no sea solamente la tecnología ni aquello que somos capaces de crear con ella.
Quizás el problema sea aquello que estamos intentando actualizar sin haber comprendido todavía aquello que somos.
La verdadera actualización quizás no consista en abandonar nuestra condición humana.
Quizás consista en comprenderla.
En recuperar nuestra capacidad de atención.
En volver a reconocer el cuerpo.
En aprender a escuchar el dolor antes de convertirlo en estadística.
En reconocer al otro antes de convertirlo en categoría.
En recuperar la presencia antes de reemplazarla por conexión.
En comprender que ninguna inteligencia artificial puede resolver aquello que todavía no hemos aprendido a sentir.
Tal vez la verdadera revolución no sea crear un ser humano superior.
Tal vez sea recuperar al ser humano.
Porque quizás todavía estamos a tiempo de comprender que la vida que intentamos actualizar es la misma vida que no supimos cuidar.
Y quizás la verdadera actualización que necesitamos no sea convertirnos en otra cosa.
Tal vez sea volver a sentir aquello que nunca dejamos de ser.




