
• Por: Rita Caliva
La pandemia de COVID-19 ha dejado una estela de dolor, pérdida y desasosiego que ha permeado cada rincón de nuestra sociedad. A medida que las muertes y las enfermedades se multiplicaban, también lo hacían los sentimientos de desesperanza y ansiedad. En este contexto, es pertinente analizar cómo esa experiencia colectiva ha llevado a una especie de estrés postraumático a nivel social, manifestándose en malestares psicológicos y emocionales que afectan a todos los hogares. En este ensayo, exploraremos cómo el pánico por el contagio, la pérdida de seres queridos y las restricciones impuestas durante la pandemia han exacerbado las miserias sociales, y plantearemos quién debe hacerse cargo de esta crisis invisible pero devastadora.
El Estrés Postraumático en la Sociedad
El estrés postraumático (TEPT) es típicamente considerado un trastorno individual, sin embargo, podría argumentarse que la pandemia ha creado un fenómeno de TEPT a gran escala. El miedo constante a la enfermedad, a la muerte y a la pérdida de la estabilidad económica ha colocado a la población en un estado de alerta permanente.
Los síntomas de este estrés generalizado se manifiestan en la incapacidad para concentrarse, la irritabilidad y la sensación de desesperanza. Además, la angustia emocional se ha intensificado por la soledad y el aislamiento social, obligando a muchos a enfrentar sus demonios internos en un entorno que ya no brinda el apoyo comunitario habitual. La falta de abrazos, reuniones familiares y momentos de celebración ha dejado un vacío que es difícil de llenar.
Agravamiento de Malestares y Miserias
Los hogares, que alguna vez fueron refugios de estabilidad y amor, se han convertido, en muchos casos, en espacios de tensión y conflicto. La convivencia forzada, a menudo en condiciones de estrés financiero y emocional, ha llevado a un aumento de la violencia doméstica, el abuso de sustancias y la depresión, convirtiendo a la familia en un microcosmos de la disfunción social general.
Asimismo, las disparidades sociales y económicas han salido a la luz. Las comunidades más vulnerables, ya afectadas por la pobreza y la falta de acceso a servicios básicos, han sentido el peso de la pandemia de manera desproporcionada. La falta de recursos y el acceso limitado a la salud mental han sumado capas de dolor a una situación ya crítica.
La Responsabilidad Compartida en la Recuperación
Ante esta tormenta emocional, surge la pregunta: ¿quién se hace cargo de esta terrible enfermedad social? La respuesta no es sencilla, ya que es una responsabilidad colectiva.
Primero, los gobiernos deben priotizar la salud mental en sus políticas públicas. Esto implica no solo ofrecer servicios de salud mental accesibles y asequibles, sino también fomentar la educación sobre este tema, desestigmatizando así la búsqueda de ayuda. También deben implementarse programas de apoyo a familias y comunidades afectadas por la crisis.
En segundo lugar, la sociedad civil tiene un papel fundamental. La creación de grupos de apoyo, foros comunitarios y espacios de diálogo puede proporcionar el soporte emocional necesario para ayudar a las personas a procesar sus experiencias traumáticas. La solidaridad y el apoyo mutuo son cruciales en la reparación colectiva.
Además, no se puede descartar el papel de los medios de comunicación, que deben ser responsables en la forma en que informan sobre la situación. El enfoque en historias de recuperación, esperanza y resiliencia puede ayudar a fomentar una narrativa más positiva que incentive a las personas a buscar ayuda.
La pandemia de COVID-19 no solo ha traído consigo la amenaza de una enfermedad, sino que ha tejido un manto de trauma que cubre a nuestra sociedad. El estrés postraumático de este evento colectivo es una realidad que debe ser reconocida y tratada. La lucha contra esta enfermedad social no puede ser librada por una sola entidad; es un esfuerzo compartido que requiere la colaboración de individuos, comunidades y gobiernos. Al reconocer y abordar el impacto del trauma colectivo, podemos comenzar a construir un camino hacia la reparación y la esperanza, en un mundo que, aunque marcado por el dolor, tiene la capacidad de abrazar el cambio y la resiliencia.




