Sociedad

Instantes

• Por: Profesor, León Chancalay

Hace mucho que no escribo para recordar cosas bellas que me suceden con mi hijo y no es que no sucedan si no que no se encuentra el tiempo de poder traducir en palabras esas emociones del momento.

Hoy lo vi jugando con sus soldaditos en la mesa del comedor, absorto en su ejército de juguetes y sus máquinas bélicas, buscando derrotar a no sé quién. Lo que sí sé es que me recordó cuando yo también jugaba con esos hombrecillos de guerra. Para mis padres, seguramente, solo eran figuras sin vida; pero para mí tenían alma, hablaban y se movían con libertad, desafiando su realidad.

Al ver su rostro (esa mezcla de alegría y preocupación que denotaba en cada movimiento cuidadoso que realizaba sobre la mesa), intentaba descifrar qué hacían esos soldados, luchando por un ideal que nace de esa mente que se va formando todos los días. Me preguntaba a quién quería derrotar o qué quería conquistar. Lo contemplaba jugar, observando esos detalles que le daban impronta a su batalla.

Seguramente nuestras miradas se cruzaron en algún momento y, de repente, como si hubiera existido una tregua pactada en el campo de combate, todo se inmovilizó. Él detuvo sus manos tiernas y pequeñas, me miró y, señalando un tanque americano, me dijo con una sonrisa: “Si en la Primera Guerra Mundial hubiera estado este tanque, el dueño de esta arma sería el dueño de todos los continentes”.

Me quedé mirándolo, pensando en su razonamiento; tenía algo de verdad. ¿Qué hubiera pasado si esa situación se hubiera dado? No quise contradecirlo en ese momento, pues había planteado un análisis puramente material.

Pasado el día, le comenté que en la guerra no prevalece solo lo material o lo tecnológico, ni tampoco la diferencia numérica; lo que realmente puede revertir esas situaciones es la valentía y el heroísmo de los hombres. Me acordé del sargento Cabral, del negro Falucho, de Juana Azurduy, del Éxodo Jujeño, del general San Martín, de Belgrano, de Güemes, de Macacha Güemes, del Tamborcito de Tacuarí y de José Martí.

Recordé cuando los alemanes, en la Segunda Guerra Mundial, intentaron invadir Rusia y sitiaron Leningrado: fue la valentía y la osadía de las personas lo que volcó la balanza. Recordé a Espartaco, aquel esclavo gladiador que le hizo frente al Imperio Romano; a los Maquis y a los Partisanos, que con su arrojo y convicción complicaron a las fuerzas germanas.

¡Cuántos hechos históricos hay en la vida humana que vale la pena transmitir a nuestros congéneres! Me vino a la memoria Maximiliano Kolbe, dando su propia vida para que otro ser humano (Padre de familia) pudiera seguir viviendo. Estos hechos nos muestran, en definitiva, la lucha de todos los días. Aunque muchas veces no la veamos, es necesario darla en cada lugar donde estemos: es la lucha por esa utopía llamada Libertad.

📌 Publicado por Diario InfoSalta

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