
• Por: Prof. León Chancalay
Doy gracias a Dios por permitirme compartir tantas cosas con mi amado hijo. La vida parece apenas un soplo y él ya está casi terminando la escuela primaria.
Ayer era un bebé pequeño, casi indefenso; hoy comienzan a aparecer los rasgos de un adolescente.
Anoche volvíamos en la camioneta desde la casa de mis padres y vimos a una parejita de jóvenes intentando camuflarse en la oscuridad. Casi de manera espontánea surgió su expresión:
—¡Avanza, Messi…!
La curiosidad me llevó a preguntarle qué significaba. Con esa sabiduría que va despertando con la maduración, me respondió que era cuando un chico intentaba acercarse a una joven.
Charlamos sobre eso y luego me quedé pensando: ¿cómo será la dama que un día atraiga a mi querido Fran? ¿Tendrá una mirada color café, ojos que hayan capturado el azul del mar o el verde de la esmeralda? ¿O acaso tendrán el tono de nuestro Meppao, con la dulzura y el resplandor de la miel? Aunque, sin lugar a dudas, la mayor belleza será la de aquella que deje transparentar el alma y el espíritu, sin guardar secretos.
¿Cómo será su cabellera? ¿Azabache como la noche o rosicler como los primeros rayos del sol? ¿Será lacia u ondulada? ¿Será suave?
Solo el destino sabe qué le depara a mi amado hijo. El amor tiene un lenguaje propio y una expresión encendida que solo él comprende.
Cuántas veces soñamos con encontrar a alguien que responda a un modelo de belleza. Sin embargo, lo verdaderamente importante es encontrarse con quien refleje nuestros sentimientos, con esa reciprocidad del amar y del querer, con quien comparta los mismos objetivos de vida. Allí reside lo especial de hallar al otro, a esa persona que, con el tiempo, se convertirá en la compañera de toda una vida.
La belleza, esa primera vestimenta, con el paso de los años comienza a desgastarse. Entonces aparece ese don que el tiempo pule y que hace brillar una luz mucho más profunda: la de las personas y sus biografías de vida. Esa experiencia que atesoran, que dialoga permanentemente con la realidad de cada día y que aporta la sabiduría de los años para buscar lo justo, evitar repetir errores y comprender al otro.
Pero también existen corazones que permanecen aferrados al rencor y al remordimiento, alimentando una oscuridad que les impide desarrollar el mayor don de nuestras vidas: el amor.
📌 Publicado por Diario InfoSalta




