
Hay algo que vuelve a repetirse cada vez que una denuncia por violencia de género salpica a un dirigente, un referente social o alguien con poder. Las primeras reacciones rara vez apuntan a escuchar. Lo que aparece, casi por reflejo, es el intento de proteger al propio.
Lo estamos viendo otra vez en este caso, con las denuncias públicas que involucran a Nacho Levy, referente de La Poderosa. Y, una vez más, queda en evidencia que el machismo no tiene bandera política. No distingue partidos, organizaciones ni movimientos sociales. Está donde haya relaciones de poder y personas dispuestas a mirar para otro lado.
El machismo existe, está en todas partes, no entiende de partidos políticos, asociaciones u organizaciones. No queremos más silencio cómplice. Porque una cosa es el silencio de quienes sufren de manera directa la violencia, porque poner en palabras un abuso nunca es sencillo. Pero los “compañeros“, quienes ya sabían que esto pasaba no pueden mirar para otro lado.
Basta de silencio cómplice que lastima, abusa, viola y mata. Serán coherentes los espacios políticos, las organizaciones sociales, las instituciones cuando no solo señalen con el dedo al adversario, sino cuando se hagan cargo de tener una mirada crítica puertas adentro.
Hace años que escribo sobre estas contradicciones. Hace años que expongo discursos que hablan de igualdad hacia afuera, mientras puertas adentro toleran prácticas que jamás aceptarían si ocurrieran en el espacio político de enfrente. Obviamente, no fue gratis.
Cada vez que publiqué investigaciones o señalé esas incoherencias aparecieron las operaciones. Intentaron desacreditar mi trabajo, cuestionar mis intenciones, atacar a mi familia y correr el foco de lo verdaderamente importante. En vez de discutir el fondo del problema, siempre eligen atacar a quien lo pone sobre la mesa. No fui la única. Es una metodología conocida, cuando una mujer incomoda, primero intentan deslegitimarla.
Por eso este momento merece una reflexión que vaya más allá de un nombre propio.
Las organizaciones tienen una oportunidad para demostrar si el feminismo que levantan en los actos y en las redes sociales también existe cuando el señalado es un “compañero”. Porque es muy fácil exigir explicaciones cuando el denunciado pertenece al otro espacio. La verdadera prueba llega cuando la denuncia golpea la puerta de la propia casa.
Nadie está pidiendo condenas mediáticas. Tampoco que se reemplace a la Justicia. Lo que sí resulta inadmisible es el silencio de quienes sabían, sospechaban o escucharon relatos durante años y decidieron no hacer nada. Ese silencio también tiene consecuencias.
Las víctimas cargan con miedo, vergüenza y culpa antes de hablar. Quienes las rodean no deberían agregarles la carga de la indiferencia.
Con el testimonio de la Licenciada Ce comenzaron a aparecer otras voces. Quizá todavía falten muchas más. Siempre pasa lo mismo. La primera persona que rompe el silencio abre una puerta que otras no habían podido atravesar.
Ojalá esta vez la discusión no termine reducida a defender o atacar a una figura pública. El verdadero debate es otro; por qué todavía existen organizaciones que reaccionan con rapidez cuando el acusado es un adversario, pero se vuelven cautelosas cuando la denuncia alcanza a uno de los suyos.
Si de verdad creemos que la violencia de género debe ser combatida, entonces no puede haber excepciones, amistades ni conveniencias políticas. Porque el machismo nunca pidió afiliación partidaria para existir y combatirlo tampoco debería exigirla.
📌 Publicado por Diario InfoSalta




