Alimentos bajo presión: menos carne en la mesa, más costos y un 25% del precio en impuestos

Menor consumo de productos tradicionales, suba de alternativas más económicas y una estructura de precios condicionada por factores externos y fiscales redefinen qué llega hoy al plato de los hogares.
El gobierno de Javier Milei arrastra una dinámica de consumo en los hogares argentinos que atraviesan una triste transformación visible. En el último año, cada persona redujo en torno a cinco kilos anuales la ingesta de carne vacuna, mientras que aumentó en aproximadamente un kilo y medio la de cerdo. Este corrimiento responde a una combinación de precios relativos, pérdida de poder adquisitivo y búsqueda de opciones más accesibles.
El impacto no se limita a las elecciones dentro de la carnicería. También alcanza a productos básicos como el pan y la leche, donde la estructura de precios mantiene una constante: cerca de uno de cada cuatro pesos que paga el consumidor corresponde a impuestos.
Esta proporción se repite en los tres rubros clave de la canasta alimentaria, consolidando una carga tributaria significativa en el precio final.
En paralelo, el contexto internacional introduce nuevas tensiones. El encarecimiento del combustible, impulsado por conflictos geopolíticos, genera un efecto en cadena sobre los costos logísticos. El traslado de mercadería, la producción agropecuaria y los insumos necesarios para la elaboración de alimentos registran aumentos que terminan reflejándose en góndola.
Esta crisis económica se traduce en un efecto dominó: suben los costos de transporte, se encarece la producción y se ajustan los precios al consumidor. En este esquema, el peso de los granos en el valor final resulta menor al que suele suponerse. En varios casos, su incidencia no supera el 10% del precio total, mientras que el resto se distribuye entre procesos industriales, comercialización, logística e impuestos.
Al desagregar los valores, se observa que en la carne los costos productivos explican más de la mitad del precio, seguidos por la carga impositiva y el margen comercial. En el pan, la mayor incidencia corresponde a la cadena de elaboración y comercialización, mientras que en la leche el reparto incluye tambo, industria y comercio, además del componente fiscal.
El resultado es un escenario donde los hábitos alimentarios se ajustan a la realidad económica. La mesa cotidiana refleja no solo decisiones individuales, sino también el peso de variables estructurales y externas que inciden en cada compra.
📌 Publicado por Diario InfoSalta


