Las gauchas malentretenidas: genealogía del feminismo en Salta

  • Por: Esmeralda Siuffi -Politóloga-

Ser salteña, niña y pobre es delito, y es falta de buena moral. De acuerdo a los aparentes cánones de la tradición local, lo único que podría cambiarle es la edad, más no la condición social porque nunca dejará de ser una Malparida.

De recién nacida, casi no le echan agua bendita por “bastarda”. Pero el cura tercermundista, la bautizó igual. Escapó de las filas de la Policía y de la Gendarmería Infantil. Prefería jugar sin uniforme.

A la catequesis tampoco podía asistir por ser hija “natural”. Le dio la comunión un cura que también estaba en los márgenes de las leyes divinas, ¿sería solidaridad entre bandidos?- entre el cura y el padre ausente-. Para que no fuera larga la letanía, solo duraba un año aprenderse la Santa Misa entre San Juan y Florida, y todxs esxs niñxs/atún, comulgaban juntxs en un lugar que no parecía del todo católico. Era, pero no tanto. Algo de clandestinidad tenía, por lo tanto era como remontarse al origen mismo de la cristiandad, en medio de persecuciones.

Se sentía medio una lata de sardina cuando para justificar que quedaba afuera de algo le decían a su madre: Es que ella es hija “natural”. ¿Lxs otrxs niños y niñas serían de aceite por tener padre “legítimo”? A la escuela privada no podía ir, entonces campeaba, por las fincas ajenas. Alguna vez, se hizo limonada con los limones que caían de la casa vecina ¿Tomar algo más que agua sería potestad de familias bien constituidas? El vino suelto que tomaban algunos paisanos en la esquina, ¿implicaba que había uno atado?

¿Por qué pese a sentir la condena de ser todo lo que era y quedar al margen del sistema, sentía que era tan lindo ser clandestina, ilegítima, y tener catequesis reducida?
De adolescente, se opuso a la ley de la pollera. Y quiso usar jeans para ir a la escuela pública, lugar donde tampoco estaba del todo a gusto. No le caía bien Sarmiento, y se aburría, pero antes que la enviaran al orfanato prefirió rescatarse un rato hasta cumplir los 18, para obtener la “papeleta de conchabo” del siglo XX -el título secundario-.
Le discutía a los doctos, y pensaba que la llamada Virgen María pudo haber abortado pero que eligió no hacerlo porque era libre para decidirlo, del mismo modo sentía simpatía por Jesús el carpintero, y le gustaba más imaginarlo hablando con las gentes de esos desiertos, que clavado en una cruz.

De mayor, eligió que creyeran que era más inteligente que bonita, y pese a “tener” hombres, no le alcanzaron para sujetarla ni apellidos, ni billeteras, ni amenazas, y se entretuvo siendo madre de hijxs propixs y ajenxs. Tuvo varios patrones, pero ahí nomás no le gustaba alguna injusticia, y se marchaba, previo poner bien en claro que no había nacido quien la gritara.

Pero un día se encontró con otras iguales, y las acusaron de malparidas un 27 de marzo-uno de esos estancieros de gran panza y mucha tela y plancha- y con gauchas de otras lomas, de otras pampas, de otros cerros, llevaron adelante eso que suelen hacer las baqueanas: cantar sus verdades. Aunque a veces, el canto encuentra la forma de pintura y se hace pañuelo blanco.

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